Oficialmente llamada Salvador, para sus habitantes es Bahia a secas, como si quisieran identificarse con la belleza natural de su espléndida bahía y no con el Cristo salvador, como si todavía subsistiese el temor de la época cuando la iglesia católica consiguió prohibir los cultos africanos en Brasil, persiguiendo con saña a los sacerdotes y a los fieles de esos cultos. Al revés que las ciudades históricas de Minas Gerais, Bahia está rodeada de industrias, de una parte moderna que carece de interés. Fue precisamente el surgimiento de esas industrias lo que causó la decadencia del centro histórico, un `tesoro de la humanidad´ según la Unesco que lo protege desde 1985. Javier Moro, miembro de GEA PHOTOWORDS y ganador del último Premio Planeta con `El Imperio eres Tú´, sobre la vida de Pedro I, convertido en emperador de Brasil a los veintitrés años, nos ambienta en ese Brasil histórico recorriendo los estados de Minas Gerais y Bahia. Las fotos son del también miembro de esta asociación, Ángel López Soto.
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El Bloco Filhos de Gandhi en el Pelourinho. San Salvador, Bahia.
FOTO © Ángel López Soto, miembro de GEA PHOTOWORDS
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Por Javier Moro, miembro de GEA PHOTOWORDS
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El barrio del Pelourinho, que significa picana y en cuya plaza central castigaban a los esclavos rebeldes, es hoy un barrio lleno de magníficas iglesias y de casas del siglo XVII restauradas gracias a un ingente esfuerzo de las autoridades y de la municipalidad. Dicen que Bahia tiene una iglesia por cada día del año, y algunas son auténticas maravillas, como la de San Francisco, decorada con azulejos blancos y azules, platos de cerámica china de Macao en los techos, y la estatua de un santo negro, San Benedicto. Se echa de menos la sencillez y la gracia del arte de Aleijadinho; las iglesias de Bahia son mas barrocas, mas doradas, mas ricas y mayores que las de Minas Gerais. No hace mucho, las callejuelas de esos barrios decrépitos escondían una vida oscura y mágica. Las puertas entreabiertas dejaban ver una escuela de samba, un salón de belleza, una tienda de animales, un bar de mala muerte, y hasta algún que otro prostíbulo con una matrona gorda y desdentada que te guiñaba el ojo desde el fondo del pasillo. Unos decían que esta parte de la ciudad se había salvado de la vorágine inmobiliaria gracias a las prostitutas porque ningún promotor inmobiliario se había atrevido a meterse en un barrio tan denostado. Hasta hubo alguien que pidió que se erigiese una estatua a la prostitución, como agradecimiento por haber salvado de la destrucción “el más bello de los conjuntos arquitectónicos de Brasil”, según la propaganda turística. Hoy el centro histórico está protegido, y en los últimos años se han rehabilitado más de 600 edificios. Hay cafés y bares sofisticados, restaurantes coquetos con mesas en las aceras y hasta policía turística. El barrio ha perdido sabor e intensidad, pero es el precio que ha tenido que pagar para sobrevivir. Más información










